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Es Nuestro Municipio

  • 3 jul 2018
  • 4 min de lectura

¿Habeis oído hablar alguna vez de la teoría de las ventanas rotas? Es una teoría sobre el contagio de las conductas inmorales o incívicas. Tiene su origen en un experimento que llevó a cabo un psicólogo de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, en 1969.


Para llevar a cabo este experimento, dejó dos autos abandonados en la calle, dos autos idénticos: la misma marca, modelo y hasta color, los dos con las placas de matrícula arrancadas y las puertas sin cerrar con llave. Uno lo dejó en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York. Y el otro en Palo Alto, una zona rica y tranquila de California.


Dos autos idénticos abandonados, dos barrios con poblaciones muy diferentes, y un equipo de especialistas en psicología social estudiando las conductas de la gente.


El auto abandonado en el Bronx comenzó a ser desguazado en pocas horas. Perdió las llantas, el motor, los espejos, la radio…todo lo aprovechable se lo llevaron, y lo que no lo destruyeron. En cambio, el auto abandonado en Palo Alto se mantuvo intacto: nadie lo tocó.


El auto abandonado en el Bronx ya estaba deshecho. Y el de Palo Alto llevaba una semana y nadie lo había tocado. Pero el experimento de Zimbardo todavía no había finalizado. Faltaba lo más importante. Los investigadores rompieron un vidrio del automóvil de Palo Alto.


¿Resultado?


Se desató el mismo proceso que en el Bronx, el robo, la violencia y el vandalismo redujeron el vehículo al mismo estado que el del otro barrio. En pocas horas. Con la misma furia.


¿Y entonces? ¿Por qué el vidrio roto en el auto abandonado en un vecindario supuestamente seguro es capaz de disparar todo un proceso delictivo?

Se trata de algo relacionado con la psicología humana, con la relación social entre las personas y con la interacción entre las comunidades, los individuos y los entornos físicos que comparten.


Un vidrio roto en un auto abandonado o en un edificio es todo un mensaje. Un mensaje que habla de deterioro, de desinterés, de falta de preocupación, de ruptura de sutiles códigos de convivencia. Un mensaje que muchos descifran como de ausencia de ley, de normas, de reglas. Como que vale todo. Cada nuevo ataque que sufre el auto reafirma y multiplica ese mensaje. Hasta que la escalada de actos cada vez peores se vuelve incontenible. Y el vidrio roto desemboca en la violencia más irracional.


Uno de los desarrollos posteriores más interesantes es resultado del trabajo de los profesores James Q. Wilson y George Kelling. Sus conceptos son conocidos como La teoría de las ventanas rotas. Los estudios de Wilson y Kelling sobre la criminalidad concluyen que el delito es mayor en las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores.


La teoría de las ventanas rotas fue aplicada por primera vez a mediados de la década de los 80 en el Metro de Nueva York, el cual se había convertido en el punto más candente de la inseguridad, el miedo y el peligro.


Fiel a sus ideas, Kelling recomendó una estrategia de seguridad que comenzaba por combatir las pequeñas transgresiones: graffitis deteriorando el lugar, suciedad de las dependencias, ebriedad entre el público, evasiones del pago del Metro, pequeños robos y desórdenes…


El resultado fue extraordinariamente alentador. Comenzando por lo pequeño, pronto el Metro fue un lugar seguro.


La clave de la estrategia apuntaba a crear comunidades limpias, ordenadas y cuidadas, no permitiendo transgresiones a la ley y a las normas de convivencia urbana.


Nuestras Ventanas Rotas


Nos echamos las manos a la cabeza cuando pisamos excrementos caninos en plena acera, vemos pequeños solares que parecen vertederos, paredes pintadas, y elementos urbanos destrozados. No comprendemos esa actitud incívica sobre algo que a fin de cuentas nos pertenece a todos.


Quizás si consiguiéramos entrar en la mente de los responsables de esas acciones nos encontraríamos un pensamiento recurrente del tipo “Tampoco pasa nada, si el pueblo ya está hecho una mierda”.


Y es que no es difícil darnos cuenta donde están las ventanas rotas en nuestro municipio:

  • Terrenos de la antigua azucarera.

  • Ruinas de la Venta y el chabolismo unido a ella.

  • Aceras deterioradas, con baldosas rotas y levantadas.

  • Calles llenas de baches.

  • Edificio del Instituto Viejo abandonado.

  • Falta de espacios verdes.

  • Tramites laberínticos para iniciar un negocio.

  • Impuestos muy altos.

  • Servicios Municipales deficientes y mal gestionados…

…Y una nula información municipal sobre estos problemas y su posible solución.


Algunos de estos problemas se han ido acrecentando en los últimos tiempos, otros llevan con nosotros 20 años o más. Son problemas que se han vuelto estructurales y sus soluciones cada día que pasa son más complejas.


Muchos de estos problemas han sido generados y propiciados debido a la escasa o nula atención que los gestores municipales han puesto para solucionarlos. Con ese comportamiento han conseguido que el desinterés, la despreocupación y el descuido de obligaciones, se hayan convertido en actitudes endémicas de los responsables municipales.


Creemos que para devolver el sentimiento de pertenencia y conservación hacia nuestro municipio es necesario reparar todos estos “cristales rotos”, aunque es un trabajo para el que hay que implicar a todos los grupos municipales, asociaciones y profesionales del sector. Y entender que no se va a lograr en una legislatura, que debe ser un esfuerzo a largo plazo, donde el beneficiado sea nuestro municipio y las personas que convivimos en él.





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